El estuario más ancho del mundo

Finalilza el primer "On Board" antártico de Noticias de Cruceros con la llegada del Crystal Symphony a Buenos Aires.

Crystal SymphonyROU

El Crystal Symphony en Montevideo

A bordo del Crystal Symphony.- Muy temprano a la mañana del 26 de enero amarramos en el puerto de Montevideo, en un día espléndido de sol, caluroso pero ventilado. Durante el desayuno con una pareja colombiana y la pareja de ingleses con quienes habíamos ido a Gaiman, nos lucimos citando a Borges y su referencia a Juan Díaz de Solís, descubridor del que bautizó mar dulce. Los aborígenes no lo recibieron bien en tierras charrúas y terminaron comiéndoselo. Borges, haciendo gala de su fino sentido del humor, lo dijo en versos y se refirió al día "en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron"  Desembarcamos tras un poderoso desayuno, y resolvimos hacer lo que más nos gusta en Montevideo: caminar por la ciudad vieja, llegar a Plaza Independencia doblar a la derecha hasta la rambla y de allí caminar a lo largo de la costa hasta Punta Carretas y Pocitos. Es un tramo largo, pero tan panorámico que uno olvida la distancia. Salimos de la zona portuaria, echamos una mirada dentro del Mercado del Puerto donde los parrilleros empezaban a preparar brasas en su infinito número de parrillas y luego enfilamos en leve subida por la calle Pérez Castellano, doblamos a la izquierda por Sarandí hasta la Plaza Independencia, con la Puerta de la Ciudadela y el Monumento a Artigas. Los uruguayos hacen las cosas bien cuando de recibir al turista se trata. Dentro del puerto en cada cruce hay policías que dan el paso a los peatones. Se cruza luego una avenida costera y se empieza a caminar en una calle donde hay bares, comercios, galerías de arte, casas de moda, venta de recuerdos, hasta una semillería donde se puede adquirir lo necesario para cultivar cannabis orgánico. Prácticamente en cada esquina hay parejas de policías para garantizar la seguridad de los cruceristas y brindarles informaciones. Lo mismo ocurre en la calle Sarandí a cuyos costados hay otras galerías de arte, finas tiendas, confiterías, casas de cambio, la catedral, artesanos y manteros y un museo que nos gusta mucho, dedicado al gran artista constructivista Torres García. Comentado a la noche con nuestros compañeros de mesa, todos apreciaron ese recorrido y se llevaron una excelente impresión de la capital uruguaya y sus alrededores. Muchos de ellos, y entre otros nuestros amigos mexicanos, almorzaron en el Mercado del Puerto donde probaron el famoso medio y medio de Roldós y sus maravillosas carnes a la parrilla.

Montevideo

El Mercado del Puerto, famoso por sus parrillas

A todo esto, ya se había hecho la hora de la partida, la potente sirena del Symphony hizo huir despavoridos a los cientos de palomas que dormitaban en los techos de los edificios de las dársenas, y lentamente la nave viró hasta enfilar su esbelta proa hacia la salida del puerto, como apuntando al Cerro. Al poco rato estábamos navegando en el Río de la Plata, ese río que río no es sino maravilloso estuario, eje de esa cultura rioplatense que compartimos en ambas orillas. Se hizo de noche, con la penosa tarea de hacer las valijas y dejarlas debidamente etiquetadas en la puerta de cada cabina. Llegó la hora de la cena, exquisita como corresponde a una cena de despedida, pero algo menos alegre que otras. Nuestros compañeros de mesa no pararían en Buenos Aires: todos tenían largos vuelos por delante. Los unos irían de Ezeiza non-stop a Heathrow, en Londres, y los otros de Ezeiza a San Pablo, de allí a Dallas y de ésta a Seattle ¡una especie de agotador calvario con alas! La despedida definitiva sería a la mañana siguiente, en la cubierta 11, donde nos citamos para desayunar. Gran intercambio de tarjetas o e-mails con muchos compañeros de viaje: gracias al tamaño del Symphony hubo mucho más contacto con los demás, y sentimos que en el crucero habían nacido nuevas relaciones y -en algunos casos- amistades.

Volvimos a nuestra suite la 1055, número que no olvidaremos- y nos instalamos un largo rato en el balcón, donde disfrutamos boquiabiertos de un espectáculo maravilloso: la luna apenas menguante, brillosísima en un cielo terso, se diluía en las crestas de las olitas apenas encrespadas por la brisa, creando un nuevo río dentro del río de agua amarronada: un centelleante río de plata, cada tanto delimitado por la lucecita verde o roja de una de las boyas que marcan el canal dragado.

Pocas horas después estábamos desayunando en el restaurante de autoservicio Lido, con vista al edificio Kavanagh y a Puerto Madero, previo a desembarcar en la Reina del Plata, recuperar nuestros equipajes y ubicar el taxi que siempre nos lleva y nos trae al puerto o al aeropuerto. Nuestros amigos, comparando las largas horas y los trámites para llegar a Londres o a Seattle, nos envidiaron un poquito: nosotros llegaríamos a casa en unos 25 minutos. A ellos, 25 horas les quedarían cortas Terminaba así uno de los más impactantes cruceros que jamás hubiéramos hecho. Parafraseando a De Amicis, el autor italiano de De los Apeninos a los Andes, nosotros habíamos ido Del Plata a la Antártida en un barco como muy pocos Ahí atrás, firmemente amarrado, desaparecía tras torres de containers la silueta blanquísima del Symphony que llevaría la 1055 por otros mares a otros fascinantes puertos y destinos.

Para más información sobre Crystal Cruises y sus cruceros consulte a su agente de viajes o a García Fernandez Turismo, tel. +54 11 4320-1450

Fuentes: Cruceros en Uruguay / Noticias de Cruceros

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Guido Minerbi

Periodista políglota especializado en viajes. Profesor Asociado en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Director de Minerbi - Silveira Comunicación Corporativa. 

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