Emoción vestida de blanco

El Crystal Symphony finaliza su cruce del Drake y se interna en el territorio antártico.

Crystal Symphony en la Antártida

El Crystal Symphony en la Antártida

A bordo del Crystal Symphony.- La última parte de la navegación por el Pasaje de Drake no fue del todo calma, pero sí mucho más tranquila que la primera. El Symphony nunca dejó de cabecear y, por momentos, de sumar una cierta dosis de rolido, pero aun así todos los huéspedes pasamos una muy buena noche. La nave, además de un teatro, el Galaxy Lounge, cuenta también con un excelente microcine, con capacidad para un centenar de personas, con cómodas butacas de estilo minimalista de color marfil que le dan un aspecto no convencional. Se trata del Hollywood Theatre, espléndidamente equipado y con un sonido envidiable. Antes de acostarnos, quisimos experimentarlo y disfrutamos de una excelente película de estreno, protagonizada por un admirable Robert De Niro. La proyección terminó exactamente a la medianoche y, antes de quedarnos profundamente dormidos, pedimos que nos despertaran a las 6:00, ya que no queríamos perdernos ni un minuto de Antártida, ansiosos de tomar contacto con el séptimo continente, cuya superficie helada supera con creces la de Estados Unidos, incluyendo Hawaii y Alaska.

Hollywood Theatre

El Hollywood Theatre

A propósito, dejamos abiertas de par en par las dobles cortinas de nuestra suite y por eso nos despertamos antes de la llamada de las 6:00.  El sol había salido a eso de las 4:30 y serían las 5:00 cuando una extraña luz nos despertó. Fue una reacción automática: levantarse y acercarse a la gran puerta-ventana que da al balcón y ver un mar insólitamente gris en el que -aquí y allá- flotaban pequeñas lajas de hielo. En los informes sobre la navegación que se pueden sintonizar en el canal dedicado a los datos que, cada tanto, proporciona el puente de mando, pudimos ver que la temperatura del aire era de -3º C y que el viento había menguado hasta el 3 de la escala Beaufort. No había oleaje y notamos que el barco avanzaba despacio, como si navegara por las aguas de un lago muy tranquilo. Mientras nos vestíamos para subir a la cubierta 11 a desayunar en el Lido Café, observamos que las lajas levemente azuladas o verdosas se iban haciendo cada vez más extensas, gruesas y frecuentes. Nos planteamos una pregunta algo filosófica: si Ushuaia es la ciudad más austral del mundo y coincide -de alguna manera- con el fin del mundo, llegando a la Antártida, ¿adónde estaríamos llegando?. Estábamos sumidos en ese sesudo razonamiento mientras consumíamos un desayuno bien calórico a base de huevos revueltos con queso acompañados por crujiente tocino y otras delicias cuando a estribor empezaron a dibujarse algunas islas con rocas muy negras asomando aquí y allá por sobre acantilados de hielo blanquísimo, como cortados por un gigantesco y muy filoso cuchillo.

Gris el mar, gris el cielo, con un sol que, si bien se había levantado muy temprano, en todo el día no había logrado perforar las espesas nubes grises, casi negras. En el medio, todo blanco, blanquísimo. Las pequeñas lajas de hielo se fueron poblando: en algunas navegaban -como en balsas a la deriva- decenas de focas perezosas, o bien de lobos marinos. En otras, se arremolinaban enteras familias de pingüinos de diferentes tamaños que, desde lejos, parecían palitos negro-blancos clavados en el hielo. De un momento a otro el barco aminoró aún más su marcha y empezaron a aparecer témpanos de un tamaño siempre creciente, verdaderas moles flotantes. Uno, en particular, atrajo nuestra atención a ojo de buen cubero tendría la altura de un edificio más que respetable, sin contar la parte sumergida.

A partir de allí y por el resto de casi todo el día, el Symphony fue escoltado por lajas, témpanos, sus perezosos pasajeros y por numerosas ballenas de distinto tipo y tamaño que durante el día se mofaron de los fotógrafos. De pronto, en medio del mar en calma, se elevaba con gran ruido un chorro de agua y súbitamente aparecían colas y lomos gris-negros que, en el preciso momento en que las cámaras hacían clic, acababan de sumergirse nuevamente Lo mejor que logramos fueron fotos -a veces movidas- de una fracción de lomo o cola terminando de desaparecer de la superficie. Mientras a estribor íbamos divisando islas cada vez más grandes, a babor empezamos a costear la gran península antártica, con montañas tan altas como los Alpes de Europa según explicaron desde el puente de mando, de piedra muy negra y probablemente volcánica, contrastada con el blanco absoluto del hielo. Nos alegramos de haber sido precavidos y haber traído los antojos oscuros: el destello del hielo, aun en ausencia del sol, era hiriente y enceguecedor.

Cada tanto por los parlantes, desde el puente de mando, llegaban breves noticias para facilitar los avistajes de fauna y brindar información sobre el recorrido. Nuestro destino, en horas de la tarde, fue la estación científica Palmer, originalmente inglesa pero operada hoy por los Estados Unidos. El Symphony se detuvo en su cercanía para ser abordado por uno de los científicos que ofreció una charla muy interesante sobre las tareas que se desarrollan allí y sobre la experiencia de pasar largas temporadas en la Antártida. La temperatura del aire se mantuvo todo el día alrededor de 0º C, pero con el viento la sensación térmica debe haber llegado muy fácilmente a los -5º C, o quizás menos.

Salimos varias veces muy arropados a cubierta para sacar algunas fotos para no hacerlo a través de los cristales de los salones que, si bien se limpian con mucha frecuencia, no dejan de tener una leve pátina de sal,  enemiga de una foto nítida. Así pasó el día, en un continuo ir y venir adentro y afuera.  Por más tapado que uno estuviera, el afuera era bastante cruel e inhóspito.

A partir de media mañana el Symphony había seguido navegando a velocidad prudente, primero en anchos canales y luego en estrechos fiordos. En todo el día, no vimos ni un solo barco, excepto un velero deportivo de algún valiente (o trasnochado) navegante: pero eso fue todo. Hielo por todas partes, blanco por todas partes, ballenas escurridizas, pingüinos,  focas y lobos  marinos y nosotros, los huéspedes humanos, sus exóticos y admirados visitantes.

Para más información sobre Crystal Cruises y sus cruceros consulte a su agente de viajes o a García Fernandez Turismo, tel. +54 11 4320-1450

Fuente: Noticias de Cruceros

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Guido Minerbi

Periodista políglota especializado en viajes. Profesor Asociado en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Director de Minerbi - Silveira Comunicación Corporativa. 

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