Escala final del transatlántico en el “Costa Fascinosa”

Y finalmente el crucero transatlántico en el Costa Fascinosa llega a su fin.

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El Costa Fascinosa ingresa al Puerto de Buenos Aires

A bordo del Costa Fascinosa.- De las aguas azules y transparentes de la lejana Liguria, al azul profundo del Atlántico, al verde de las costas brasileñas y al “café con leche” del Río de la Plata, el cambio de color del agua fue el marco espléndido de un gran crucero.

Del Corcovado al Cerro

Habíamos dejado atrás la “cidade maravilhosa” y ya estábamos navegando hacia Montevideo. Algunos viejos lobos de mar, que formaban parte del grupo de huéspedes del Costa Fascinosa, se divertían en infundir cierto grado de aprensión entre los “novatos”. Pasaríamos frente a Santa Catarina “…y allá el barco siempre se mueve mucho…”  Se ve que esto no es para nada frecuente, o bien que la santa estaba de buen humor. Así el crucero siguió tan tranquilo como desde la salida de Savona, por un mar que más que de agua nos pareció de aceite. Muy temprano por la mañana del lunes 14 amarramos en el puerto de Montevideo.

A mal tiempo, buena cara

El tiempo era bastante amenazador, y el pronóstico preveía lluvia. De todas maneras, encabezando un grupo de valientes italianos que nos adoptaron como guías “de facto”, iniciamos un tour informal hasta el centro de la ciudad, por la calle peatonal que arranca del puerto mismo, al lado del famoso Mercado del Puerto que alberga decenas de parrillas que, de sólo recordarlas, a uno se le hace agua la boca. Una de ellas es nuestra preferida, y se llama “Roldós”. Además de servir una parrillada memorable y siempre abundante, acompañada de “mixta” y “fritas”, Roldós tiene en su haber un mérito muy importante. Es que allí se ha inventado el famoso y tradicional “medio y medio”, combinación de dos vinos blancos que, sumados, surten un efecto muy interesante. Pero volvamos al paseo… Seguimos por la peatonal que va en ligera subida y doblamos a la izquierda por la calle Sarandí, también peatonal, hasta la Plaza Independencia. Pronto nos dimos cuenta de que los italianos tenían las ideas muy claras: Una pareja quería conocer el Estadio Centenario, futboleros ellos… Hablaban de ese estadio con la devoción digna de una catedral o basílica. Otra pareja había oído hablar de “pochitos”, según ellos una réplica de Copacabana. De poco sirvió nuestra explicación de que en castellano la “c” suena como una “s” antes de una “e” o una “i”. Ellos querían ir a Pochitos, y de nada ayudó nuestra clase de fonética que la transformaría en Pocitos. La otra pareja tenía ideas mucho más claras: querían conocer el penal de Punta Carretas y de poco sirvió que les dijéramos que hoy hay allí sólo hay un gran “shopping”. Finalmente, la pareja más “culturosa”, a falta de antigüedades, quería ir a “los monumentos”. De buenas a primeras no entendimos bien a qué se referían, pero nos sacaron de dudas mostrándonos la guía de Lonely Planet en su traducción peninsular. Los monumentos eran las esculturas de La Carreta y La Diligencia. Así el grupo se disgregó y cada quien rumbeó para su lado, sufriendo la misma suerte: mojarse, y mucho, porque se desencadenó una tormenta de ésas. Hubo un rayo impresionante, seguido de un trueno igualmente alarmante…y buena parte de Montevideo quedó a oscuras. Por suerte luego paró, volvió la luz y varias horas después también salió el sol. Nosotros seguimos nuestro camino hacia “La Vitamínica”, entre Pocitos y Punta Carretas, donde preparan unos de los mejores “chivitos” montevideanos. Los italianos, siguiendo nuestro consejo, se reunieron a la hora del almuerzo en el Mercado del Puerto y disfrutaron de una gigantesca parrillada tras la cual a la noche, en el Fascinosa, casi no probaron bocado porque se habían dado un panzazo de carne, chinchulines y otras menudencias…

Entre Montevideo y Buenos Aires

A todo esto, el Fascinosa había dejado Montevideo a la tardecita y estas parejas de italianos se reunieron en popa para admirar la ciudad y el Cerro que se iban alejando, cuando uno de ellos hizo una observación interesante. El crucero, una vez concluido en Buenos Aires a la mañana siguiente, habría reeditado, de alguna manera muy aproximada, la aventura del cuento de Edmondo De Amicis “De los Apeninos a los Andes”. Había algunas diferencias, porque Savona nada tiene que ver con los Apeninos sino más bien está en las estribaciones de los Alpes, y Buenos Aires no está precisamente cerca de Mendoza y la pampa y los Andes tienen algunas pequeñas diferencias…

Allí comenzó una docta discusión sobre la Cruz del Sur, que todos querían ver -pero no pudieron finalmente- porque se había vuelto a nublar. Luego le tocó el turno al Río de la Plata. El primer comentario gracioso fue que el mar estaba “muy sucio”. Luego hubo una toma de conciencia de que se trataba de un río, y finalmente una admiración por el canal dragado que permitía, boyas mediante, a semejante barco llegar tranquilamente hasta Buenos Aires. Y ése fue un aspecto del crucero en el que nunca habíamos reparado antes en otros viajes. Es como que los huéspedes de pronto descubren y se interesan mucho por la geografía a la cual, desde sus tempranos años de escuela, nunca más habían prestado atención. Es que de eso también se trata un crucero: descubrir el mundo y conocerlo mejor. Y para eso, nada como leer todas las noches, al regresar a sus cabinas, el Diario di bordo, el boletín informativo que reseña todo lo importante, desde los espectáculos y entretenimientos del día, hasta los horarios de los restaurantes, del spa Samsara, el salón de belleza, el gimnasio, etc. hasta la interesante sección Noticias del Puente de Mando -que suscribe el Capitán Massimo Pennisi- y que, muy a menudo, contiene una exhaustiva clase de navegación y geografía. Montevideo, lluvia y todo, había gustado mucho a los huéspedes, que se sorprendieron por sus playas, ramblas, barrios de “alta gama”, por los parques y los grupos escultóricos, pero más que nada, por la afabilidad y hospitalidad de su gente. Nos resultó sorprendente que todos fotografíaran -una y otra vez- a quienes se les cruzaban tomando mate caminando por la calle, con el termo calzado bajo el brazo.

Expectativas, sorpresas, despedidas

Valijas en el corredor

Valijas en el corredor

De hecho, de nuevo un detalle muy interesante. Si bien a todos les gustó mucho Rio de Janeiro, a la cual llegaron con altísimas expectativas, se puede afirmar que Montevideo quizás les impresionó mucho más, porque fueron sin expectativa alguna y se encontraron con la ciudad y “el paisito” tan queribles…

Como todo lo bueno, los cruceros también llegan a su fin y la última noche siempre tiene un clima muy especial. Antes de cenar, todos dejan afuera lo que van a vestir el día siguiente, guardan consigo el equipaje de mano, colocan un marbete de colores en cada valija que finalmente han logrado cerrar con dificultad por todas la cosas que han ido comprando en el barco y en las escalas. El marbete de colores -a nosotros nos tocó el amarillo-  cumple dos funciones. En nuestro caso, el punto de reunión para los marbetes amarillo y rojo fue la sala del Teatro Bel Ami. En el Diario di bordo de la noche anterior encontramos cuál sería el lugar de reunión para esperar la hora del desembarco, y descubrimos que el “amarillo” desembarcaría a las 10:00 hs. Organizado así, el desembarco fue cómodo, rápido y eficiente. Al desembarcar, tomamos los colectivos rojos puestos a disposición y llegamos a la Terminal Quinquela Martín donde los equipajes correspondientes a cada color estaban esperándonos, perfectamente ordenados de acuerdo al color que nos había tocado.

La noche anterior había habido mucho intercambio de tarjetas, direcciones e e-mails, ya que es frecuente que durante el viaje, máxime en un crucero de casi tres semanas de duración, se creen vínculos y amistades que se quieren conservar para el futuro.  Si bien los conjuntos tocan a más no poder y la gente festeja y baila, no se puede soslayar un ambiente de despedida y éstas siempre son dolorosas. Para nosotros hay una imagen que resume este estado de ánimo de “fin de crucero”: los largos corredores de cada cubierta donde se asoman las puertas de decenas por no decir centenares de cabinas, comienzan a llenarse de equipajes con sus marbetes, adosados a las paredes, listos para ser llevados por los tripulantes a los sectores desde donde serán desembarcados. Esos largos corredores, repletos de valijas que esperan “irse” dan la idea de una mudanza. Y no es para menos: ya vimos como la cabina se transforma casi de inmediato en nuestro hogar, de modo que dejarla -para regresar a nuestro hogar en tierra firme- tiene un sabor simbólico de desarraigo que, por un momento, nos embarga. Y quizás sea esa sensación de privación la que nos estimula a embarcarnos pronto en otro crucero para tener esa sensación mágica de que la cabina es nuestro hogar y que el mundo… ¡nos pertenece!  Bordeamos Puerto Madero, pasamos al lado del Yacht Club, el Fascinosa se estremeció bajo el impulso de las hélices laterales que lo acercaron al muelle en forma dulce y casi imperceptible. De pronto la vibración cesó y los potentes motores descansaron. El crucero transatlántico había terminado ¡pero la experiencia maravillosa nos acompañaría toda la vida…!”

Fuente: Noticias de Cruceros

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Guido Minerbi

Periodista políglota especializado en viajes. Profesor Asociado en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Director de Minerbi - Silveira Comunicación Corporativa. 

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