Copacabana, Colombo, museos y un final con sabor a más

El Costa Fascinosa continúa su viaje con rumbo sur por la costa sudamericana y se acerca el final del viaje transatlántico.

Guanabara

Sale el sol en Río de Janeiro

A bordo del Costa Fascinosa.- Dejamos atrás Salvador -la primera capital de Brasil- y, tras un día y medio de navegación, llegamos a la que fuera su segunda capital, Rio de Janeiro. Ésta también dejó de ser capital el día en que Brasilia, la máxima obra de Oscar Niemeyer, se convirtió en la tercera y actual.

Rio de Janeiro

Rio de Janeiro no necesita presentación alguna: es una ciudad conocida en el mundo entero por su Cristo Redentor en el Corcovado, el Pan de Azúcar, sus famosas playas, su Carnaval en el Sambódromo, el samba, la bossa nova, el Estadio Maracanã y, más recientemente, por la Garota de Ipanema.

Por lo general los tours de Rio de Janeiro muestran a los turistas las playas más famosas, como Copacabana, Ipanema, Leblon, Botafogo, Barra da Tijuca y São Conrado, el Pão de Açucar, el Cristo Redentor y el Corcovado.

No tendríamos mucho tiempo disponible, pero tampoco queríamos dejar de pasar un par de horas al menos en Copacabana (Princesinha do mar según una tradicional canción) y parar en uno de los tantos locales de la Avenida Atlántica para disfrutar de un chopp con las tradicionales bolinhas de bacalhao, las más itálicas bolinhas de mozzarella y el aipim frito (mandioca frita). Convenientemente refrescados, fuimos al encuentro de unos queridos familiares con quienes nos habíamos citado en un lugar único, que no debería faltar en ningún tour de la ciudad carioca.

La Confeitaria Colombo

Colombo

La Confitería Colombo, una joya carioca.

Para encuadrar de alguna manera esta auténtica joya carioca, podríamos decir que se trata del Tortoni de Rio. Esta referencia vale para quienes conocen Buenos Aires: seguramente habrán ido a esta antigua confitería que solían frecuentar famosos escritores, intelectuales y políticos. La Confeitaria Colombo, a su vez, es sencillamente maravillosa. No sólo es una confitería, sino un excelente restaurante tradicional.  Fundada en 1894, se mantiene tal cual como el primer día. Es un local de enormes dimensiones, con gigantescos espejos enfrentados en las paredes, que lo multiplican hasta el infinito, con elaborados marcos tallados en jacarandá y mesas de mármol blanco de Carrara. Tiene dos pisos, ambos ocupados por un sinfín de mesas siempre llenas de fieles parroquianos y algunos turistas bien informados.

Se encuentra en la Rua Gonçalves Dias 32, a metros de la Rua do Ouvidor. En esa zona del centro de Rio, muchas calles angostas como la Gonçalves Dias son ahora peatonales por lo cual -si uno va en taxi- debe bajarse en la esquina de la Avenida Rio Branco y caminar una cuadra y media. La Confeitaria Colombo es toda una tradición por su estilo de tiempos idos y su refinadísima gastronomía. No visitarla y pasar allí un rato admirando los detalles, espejos, vitrales y lampadarios (y comiendo algo muy rico) es como perderse una visita a un museo importante. Un dato relevante: la Confeitaria Colombo queda a unas 8 o 10 cuadras de la terminal marítima de Praça Mauá donde atracó el Costa Fascinosa. Por lo cual normalmente es posible alcanzarla caminando. Sin embargo esto no es aconsejable en la actualidad porque toda la zona portuaria de Rio está en proceso de renovación y repavimentación y no hay más remedio que caminar unos 700 metros desde la escalerilla del barco hasta la salida más cercana del puerto, que lo aleja a uno de este ícono carioca!

También es bueno recordar que -por el momento- los taxis no pueden acercarlo a uno al barco como suelen hacerlo habitualmente. Todas estas obras responden al aproximarse de los Juegos Olímpicos que se disputarán en Rio el año venidero y muchas zonas de la ciudad están convertidas en un gigantesco obrador.

Rio en caso de lluvia

Museo de Amanha

Un Río también futurista nos aguarda al lado de la terminal de cruceros

Si es cierto que la Confeitaria Colombo es todo un museo, vale la pena tener en cuenta que no todo en Rio se limita a sus espléndidas playas y voluptuosa naturaleza. Hay tanto más en Rio y hay que recordarlo porque hay algo que ni siquiera la previsora y detallada organización de Costa puede garantizar: si bien sería improbable, uno podría tener la mala suerte de llegar a Rio en un día de lluvia. De darse ese caso, es bueno saber que muy cerca de la terminal marítima de Praça Mauá no hay uno, sino dos grandes museos. Se trata del MAR (Museu de Arte do Rio), con una colección de arte moderno brasileño y muestras especiales y otro, recientemente terminado, obra del famoso arquitecto catalán Santiago Calatrava (el mismo del Puente de la Mujer en la zona de Puerto Madero, en Buenos Aires), contiguo a la terminal, en un espigón ganado al mar. Se asemeja a un gigantesco y futurista esqueleto de ballena, todo blanco que han bautizado Museu do Amanhã (Museo del Porvenir).

Una excursión (sin moverse del barco)

Dicho todo esto, hay que destacar que una de las mejores excursiones del mundo se puede hacer en Rio de Janeiro sin siquiera bajarse del Costa Fascinosa. Lo único que se requiere es llegar o irse de Rio en un día de sol o, por lo menos, sin bruma. En nuestro caso, podríamos haber gozado de esta inigualable excursión sin siquiera movernos de nuestra cabina. Habría sido suficiente salir al balcón de la 7386 para tener el mejor belvedere para admirar el espectáculo y fotografiarlo una infinidad de veces. El ingreso a la Bahía de Guanabara por mar debe ser el más teatral, emocionante y alucinante del mundo. Quienes han estado en Asia o en Australia afirman que los únicos que se le acercan (pero sin sobrepasarlo) son los que se pueden apreciar al entrar en barco a los puertos de Hong-Kong o Sydney.

La Bahía de Guanabara

El barco se va adentrando en la amplia bahía, pasando antes al costado de unos islotes a poco de salir el sol. Nos tocó un día levemente nublado en que el sol tardó en aparecer y saturar los colores de la generosa vegetación. De un momento a otro el Costa Fascinosa se encontró en plena bahía y fueron apareciendo los montes que enmarcan la cidade maravilhosa que parece treparse a sus laderas. Luego aparecieron en rápida secuencia el Corcovado, sobre cuya cumbre se divisa el emblemático Cristo Redentor y el Pão de Açucar, son su inconfundible contorno. Surgen luego las playas de Copacabana y Botafogo en todo su esplendor, coronadas por altos edificios.  Cuando el barco finalmente atraca, a nuestras espaldas se divisa el largo puente de Niterói. El espectáculo es sencillamente espléndido y muchos huéspedes que ya han estado en Rio otras veces optan por quedarse todo el día a bordo, disfrutando del barco que ha quedado semivacío, aprovechando de las piscinas y cubiertas teniendo al alcance de la mano -y de sus cámaras- uno de los panoramas, casi una postal, más hermosos del mundo.

De espaldas a Rio

Al anochecer retornamos al Costa Fascinosa y nos trasladamos a la cubierta más alta para gozar de una perspectiva diferente. El día había sido cálido y por momentos nublado, pero el sol nos quiso hacer un regalo de despedida a poco de sonar los tres bramidos de la sirena que indicaban que nos poníamos en movimiento? Ya faltaba poco para salir de la bahía en plena puesta de sol. El sol logró filtrarse entre las nubes bajas, apareciendo como una descomunal bola rojísima que -por unos instantes- doró intensamente el mar levemente encrespado, los altos edificios y los morros. Fueron pocos momentos, pero inolvidables. El Fascinosa salió a mar abierto, se acercó la lanchita del práctico para recogerlo, viramos a estribor y pusimos proa a la anteúltima escala del crucero transatlántico, para nada exótica para los porteños, pero muy querida.

Tras dos días de navegación amarraríamos en Montevideo, ya en tierras charrúas, y probablemente veríamos un mar menos azul con menos olor a sal y con un dejo barroso. Una noche por el Río de la Plata y estaríamos llegando a la Terminal de Cruceros Benito Quinquela Martín, en el nada exótico barrio de Retiro.

Al salir de Montevideo, habría tres tragos amargos: volver a hacer las valijas y dejarlas fuera de la cabina antes de acostarnos, abandonar por última vez nuestro hogar -la 7386- y despedirnos definitivamente del Costa Fascinosa.

El martes 15 el crucero habrá terminado en la Reina del Plata y tendremos que volver a la cotidianeidad. Hará falta enfrentar el tránsito agobiante, llegar a casa, deshacer el equipaje, reactivar nuestro departamento, ir de compras, cocinar para comer, lavar platos y sartenes y, desde ya, hacer la cama con nuestras propias manitos.

Un diario de Buenos Aires hoy desaparecido, citaba un dicho en su primera plana: Lo bueno, si breve, dos veces bueno. El dicho sería indudablemente cierto para un diario, pero en el caso del crucero transatlántico de Costa, lo modificaríamos un poco, diciendo: “Lo bueno, si no tan breve, tres veces bueno”. Los cruceros comparten una característica con el chocolate: ¡uno siempre quiere más!.

Fuente: Noticias de Cruceros

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Guido Minerbi

Periodista políglota especializado en viajes. Profesor Asociado en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Director de Minerbi - Silveira Comunicación Corporativa. 

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