Una panorámica brasileña

Luego de cruzar el Atlántico el Costa Fascinosa llega a tierras brasileñas, llenas de sol, música y playas.

Olinda

Olinda, la ciudad portuguesa vecina de Recife

Teatros y cruceros

A bordo del Costa Fascinosa.- Así como en el teatro hay muchas personas responsables de que la obra que se representa sea todo un éxito y cuya labor suele quedar en el más absoluto anonimato, hay una o más personas en la estructura de una naviera de la importancia de Costa Cruceros de cuyos desvelos depende en gran medida el éxito de cada crucero. Se trata de las que diseñan los itinerarios, los puertos a visitar, los horarios y todo lo que hace al cronograma de cada crucero. Nada dejan librado al azar, y hay que reconocer que saben desempeñar su trabajo con una destacable dosis de profesionalismo e idoneidad. Veamos por qué?

El crucero transatlántico

Rebobinando un poco, el Costa Fascinosa soltó amarras el 26 de noviembre desde y al día siguiente realizó su primera escala en Barcelona. Fue una escala de aproximadamente una tarde, suficiente para que quienes nunca habían estado en la capital catalana pudieran hacerse una idea bastante abarcadora de todo lo que tiene para ofrecer. En todo caso, podríamos tomar la visita a Barcelona como el aperitivo de una gran comida: a no dudarlo, muchos se habrán agendado hacer en un futuro próximo una visita prolongada a esta atractiva ciudad. De Barcelona pusimos proa a Casablanca, en Marruecos. La visita de todo un día a este puerto del Norte de África, exótico para nosotros, fue de notable interés por el impacto cultural que supone verse envueltos en otra cultura, escuchando otros idiomas y gozando de una arquitectura y unas experiencias imposibles de igualar en otra parte del mundo. Seguidamente, antes de emprender el gran ?cruce?, hubo una nueva escala en la que flameaba el pabellón español: Santa Cruz de Tenerife. Allí las experiencias fueron muchas. Por empezar, no todos los días uno acostumbra llegar a un archipiélago en pleno océano, con la grata sorpresa de que se habla allí el idioma que uno mejor conoce y maneja. Conversar con los isleños es siempre una experiencia grata, diferente y muy enriquecedora: es obvio que quien diseñó el itinerario para el Fascinosa lo tuvo muy en cuenta y no quiso dejar de brindarla a sus huéspedes. Hacer una escala en un grupo de islas como las Canarias, antes de emprender el cruce del océano es un poco como una introducción al plato fuerte del viaje. Los días en alta mar, no hace falta decirlo, fueron una experiencia inolvidable que dejó recuerdos imborrables, todos con una coloración azul, color que lo rodea a uno hasta acercarse a las costas de Brasil donde el azul profundo va virando al azul más claro y termina convirtiéndose en un increíble verde. Otra vez se nos ofreció una experiencia isleña, pero esta vez de pura observación de la isla de Fernando de Noronha desde las cubiertas del barco.

Tierra americana

Fue a partir de la primera escala del Fascinosa en el continente americano, en Brasil, que descubrimos la habilidad e idoneidad de quien definió nuestro itinerario. Primero tocamos tierra en Recife, en Pernambuco, y muchos de nosotros aprovechamos para recorrer esa ciudad y la vecina muy colonial y colorida, Olinda. Al final del día, habíamos tenido un inigualable pantallazo de ese gran país que es Brasil. Luego, en rápida sucesión, uno por día, tocamos dos puertos más. Primero fue el turno de Maceió, capital del Estado de Alagoas y a la mañana siguiente la maravillosa ciudad de Salvador, capital del Estado de Bahia. La próxima escala sería unos dos días después en la inimitable Rio de Janeiro. Para decirlo de algún modo, quien diseñó el itinerario quiso ofrecernos un pantallazo de Brasil en un crescendo de etapas y experiencias,  preparándonos así a la experiencia impactante de la “cidade maravilhosa, cheia de encantos mil” como nos recuerda la imperecedera canción. Cuando llegamos a Rio, ya habíamos saboreado una introducción al Brasil, su rica y colorida cultura, música y estilo de vida. Una forma muy sabia de presentar un país enorme, donde cada rincón comparte mucho con los demás, pero siempre tiene algo que lo diferencia y hace especial y único.

De Recife a Maceió

Maceió

Las doradas playas de Maceió

El Fascinosa zarpó de Recife cerca de la hora de la cena y a bordo nos esperaba una más que grata sorpresa en el Teatro Bel Ami. Especialmente invitado por Costa, se presentó con un espectáculo vibrante y muy dinámico el Ballet Cultural de Pernambuco que ofreció un show de canto y baile colorido y variado. Entre otros ritmos entrañables hubo el infaltable samba, el frevo, la lambada y tantos más, que dieron un destacado toque final a la escala en Recife. A la mañana siguiente tocamos tierra en Maceió. Como la escala no sería demasiado prolongada, preferimos no anotarnos en una excursión sino manejarnos autónomamente y, preferentemente, de a pie. Aprovechamos un servicio gratuito de ómnibus proporcionado por la administración del puerto para trasladarnos desde el Fascinosa hasta la salida de la zona portuaria. Allí emprendimos nuestro paseo hasta el casco céntrico de la ciudad, bastante desierto por tratarse de un día feriado. Recorrimos varias calles peatonales sin mayor atractivo salvo las vidrieras de las tiendas y paramos en una confitería de tipo naturista para hidratarnos con sendas botellas de agua mineral estúpidamente geladas como suelen decir jocosamente los locales. Todo dicho, la visita a esta ciudad típicamente provincial no sumó mucho a la experiencia que ya teníamos de Brasil. Por lo tanto, y en vista de que la temperatura y la humedad eran elevadas, nos gratificamos con un breve viaje en taxi con aire acondicionado que nos llevó a una playa muy cerca de donde nos había dejado antes el ómnibus. Una playa hermosa, bien organizada, de aguas verdes muy transparentes y arena finísima y clara. Elegimos uno de los barcitos que abundan allí, y ocupamos una amplia sombrilla con mesita y sillas que nos protegió del embate del sol realmente inclemente, ya cerca del mediodía. Nada mejor allí que pedir dos grandes cocos descabezados con un golpe de machete y utilizar un sorbete para tomar el agua de coco, refrescante, aromática y semi-dulce. Los cocos estaban bien fríos pero no tan estúpidamente gelados como las botellas de agua mineral. No se nos había ocurrido traer las mallas, por lo cual nos limitamos a pasear un poco por el borde del agua en bermudas y apreciar la deliciosa temperatura tibia del mar. Demás está decir que lo pasamos muy bien. Nuestros amigos italianos habían optado por saltear la visita a la ciudad y tomar un taxi hasta la renombrada Praia do Gunga. Pasaron allí un rato muy agradable y aprovecharon la playa paradisíaca con hermosa vegetación y tantas palmeras. Sin embargo, no pudieron quedarse todo lo que hubieran querido porque al ser un día feriado, el tránsito era muy pesado y tenían la espada de Damocles de llegar tarde al barco?  No los quisimos amargar, pero “nuestra” playa había estado más que bien, “nuestra” sombrilla a la sombra de añosas palmeras, y para volver no tuvimos que sortear ningún tránsito pesado y el ómnibus nos depositó en el puerto en pocos minutos.

Nos quedó la imagen de una Maceió ideal para unas hermosas vacaciones de sol, playa y relax.

De Maceió a Salvador

Tras una noche de plácida navegación, el Fascinosa llegó a su tercera escala brasileña, Salvador de Bahia. Ya conocíamos Salvador, que en su momento fue la primera capital colonial del país y una de las más antiguas del continente, fundada en 1549 en la Bahia de todos os Santos. Teníamos muy en claro qué haríamos: por un lado, iríamos a recorrer el famoso barrio alto del Pelourinho, designado por UNESCO Patrimonio de la Humanidad y -al regresar- visitaríamos el gran mercado de artesanías (Mercado Modelo) situado a sus pies. Para llegar al Pelourinho, ni tomaríamos un taxi ni un ómnibus, sino que viajaríamos en ascensor. Hace ya muchos años funciona un complejo de ascensores para trasladarse al Pelourinho desde el nivel del mar. Se trata del Elevador Lacerda, cuya tarifa nos impactó muy favorablemente. Un viaje de subida o de bajada sólo cuesta R 0,15 por persona. Con un dólar equivalente a tres reales con sesenta centavos, ¡es fácil ver que el costo del trayecto es un verdadero regalo! En unos pocos segundos subimos 72 metros en vertical y ya estábamos arriba disfrutando de una brisa más fresca que cerca del mar, con un panorama impactante de Salvador. Allá, muy abajo, estaba el Fascinosa amarrado en el puerto y a su lado el barco que lo reaprovisionaba de combustible para seguir viaje. No obstante la altura y la distancia, el barco lucía muy grande y muy blanco, con su chimenea amarilla con la letra C de gran tamaño.

El Pelourinho

Pelourinho

El famoso Pelourinho

El nombre de Pelourinho no le fue dado a la ciudad alta, sino que le quedó en recuerdo del pelourinho, una columna de piedra que -por lo general- se situaba en el centro de una plaza para exponer y castigar a los criminales o azotar a los esclavos.

Recorrimos sus cuidadas calles empedradas o adoquinadas, apreciando los vivos colores aplicados a una arquitectura típica, de estilo portugués colonial y barroco, con techos de tejas. Compiten allí por calidad y cantidad las tiendas de artesanías y las iglesias que parecen surgir por doquier. Visitamos muchas de ellas, pero la más interesante, que nadie debería dejar de recorrer en detalle, es la consagrada a Nosso Senhor do Bonfim (Nuestro Señor del Buen Final), la más famosa iglesia católica de todo Salvador, construida en el Siglo XVIII.

También dedicamos una prolongada visita a la iglesia de San Francisco, que se remonta a 1713, ejemplo extraordinario del barroco portugués, conocida también como la ?iglesia de oro? por todos los relieves de madera dorada a la hoja que revisten buena parte de la misma. Mientras vagábamos por adorables callejuelas, nos atrajo un atronador redoble de tambores conforme nos fuimos acercando a lo que se podría definir como una sala de ensayo. En la misma, un notable grupo de jóvenes estaba en plena batucada seguramente practicando para el próximo Carnaval. El ritmo contagioso hizo que camináramos ondeando un poco y marcando las pisadas. Estábamos en pleno Brasil, pero era ineludible una fuerte presencia y herencia africana.

Un mercado que parece un bazar

Otra vez el Elevador Lacerda para bajar 72 metros hasta el nivel en el que se encuentra el Mercado Modelo. Entramos por una puerta lateral y penetramos en un mundo alegre, ruidoso, con gritos, música y puestos de venta de toda suerte de mercaderías, desde esculturas en madera, ropa, frutas secas, cuadros, y una variedad infinita de artesanías y juguetes. Quizás no sea tan exótico como el Gran Bazar de Estambul, pero este Mercado Modelo es lo que más se le acerca. Ya veníamos cansados por el extenso paseo por el Pelourinho y la recorrida por el mercado con múltiples paradas y tratativas siempre simpáticas (y exitosas) con los puesteros. Teníamos quebradas las piernas. Cruzamos un par de avenidas, entramos al puerto y nos arrastramos felices pero agotados hasta la escalerilla más cercana para volver a subir al Fascinosa. El aire acondicionado y una buena ducha en nuestro camarote nos confirmaron la sensación de que el barco hacía rato que se había convertido en nuestro hogar. El cansancio no nos había quitado el apetito – ¡al contrario!  En la Cubierta 9 fuimos al Ristorante Tulipano Nero donde nos esperaba el buffet con su amplia selección de comida para reponer fuerzas y prepararnos para descansar hasta la hora de zarpar hasta la última y más esperada etapa brasileña: Rio de Janeiro.

Fuente: Noticias de Cruceros

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Guido Minerbi

Periodista políglota especializado en viajes. Profesor Asociado en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Director de Minerbi - Silveira Comunicación Corporativa. 

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