La razón no la tiene el que más grita

Luego de un viaje con Holland America Line por las aguas del Atlántico sur, el periodista Nino Ramella, comparte algunas consideraciones acerca del humor de los argentinos a la hora de reclamar acerca de un servicio o destino ofrecidos.

Zaandam

La paz y comprensión no siempre reinan en un crucero patagónico.

“¡Estábamos ahí! El avión sólo tenía que aterrizar y dejarnos bajar!. ¡Ustedes deberían ir presos!”. El señor, de traje y -prejuiciosamente hablando- de aspecto ilustrado, gritaba y parecía que iba a tener un infarto. Su ira iba in crescendo hasta que comenzó a patear el mostrador detrás del cual una aterrorizada empleada de la compañía aérea de pequeños aviones que en aquellos tiempos unía Buenos Aires con Mar del Plata trataba de calmarlo.

__Pero señor…qué mas hubiéramos querido que dejarlos a ustedes en Mar del Plata y traer a los pasajeros que esperaban allá para venir a Buenos Aires…

__¡No diga sandeces! Ustedes son unos ineptos a los que no les importa nada la suerte de los pasajeros. ¡Deberían meterlos presos!

De nada sirvió que la atribulada empleada le explicara que el Aeropuerto de Mar del Plata se había cerrado, que las condiciones del tiempo eran tremendas…Pues el hombre seguía gritando al borde del infarto.

Lo que acabo de narrar no tiene un ápice de invento. Yo iba en ese avión y bien que sufrí el zarandeo por la turbulencia y los rayos que parecía que iban a destrozarlo. Pensé que nunca sería testigo de una escena parecida…pero la vida te da sorpresas.

Y…sí…un poquito incorregibles

Hace pocos días abordé el Zaandam, un barco de la Holland América que hace un lindísimo itinerario uniendo Valparaiso con Buenos Aires, visitando Puerto Montt, Puerto Chacabuco, fiordos chilenos, Punta Arenas, Ushuaia, Cabo de Hornos, Islas Malvinas y Montevideo. Todo a bordo resultaba muy agradable, principalmente por la excelente disposición de quienes -predominantemente indonesios- asisten a los pasajeros.

Todo…la comida, el paisaje, las comodidades del barco…todo (salvo una cosa a la que me referiré más adelante) resultaba perfecta.

El 1 de diciembre, luego de navegar un par de días sin tocar puerto, llegamos a Islas Malvinas. Frente a Puerto Argentino hay algo así como una bahía abrazada por otra más grande. En esta última fondea el barco. Al no haber dársena para que atraquen buques de porte, los pasajeros deben descender en tenders  (es decir botes) para así poder llegar a tierra firme.

El viento era terrible. En cubierta jugué sacándome fotos en los que de tan fuerte que soplaba uno puede mantenerse inclinado a contraviento sin caerse. Por altavoces el capitán dijo que esperaría un poco para ver si el mal tiempo amainaba. Luego de un rato vimos acercarse una pequeña lancha del servicio de guardacostas y con grandes peripecias un hombre abordó el barco.

Al rato el capitán anunció que no sería posible descender a tierra. Que los vientos superaban lo dispuesto por los protocolos y que la autoridad portuaria (era el funcionario que había subido) le confirmó la imposibilidad de permitir el descenso. Dieron a conocer el pronóstico, que vaticinaba peores condiciones climáticas. Frente a eso el capitán decidió desistir de esa parada y zarpamos para proseguir nuestro itinerario.

Pues a la lógica y esperable decepción de lo acontecido le sucedió una reacción irracional que contagió a no pocos pasajeros, básicamente argentinos.

Una y otra vez se les daban las razones de seguridad que impulsaron la decisión de seguir viaje. Pues no había manera de que la cordura volviera. Todos se volvieron expertos en navegación marítima, meteorología…ah! y videntes, pues comenzaron a descifrar las aviesas intenciones del capitán y su equipo.

Se les explicaba que aunque el capitán hubiera decidido desembarcar, las autoridades locales no lo permitían. Nada. Que ya habían llegado a Malvinas y entonces se tornaba absurdo que se supusiera que no los dejaban bajar por capricho. Nada. Que al no poder desembarcar a sus pasajeros la naviera debía devolver todos los pagos hechos por las excursiones contratadas. Nada. Que también debían devolver lo que ya habíamos pagado de impuestos portuarios (cosa que rigurosamente hicieron). Nada. Que se trataría de compensar con un overnight (cosa que también se hizo) en Montevideo. Nada. Que un solo accidente al trasbordar del crucero a los botes con esa marejada y ese viento se hubiera convertido en una tragedia. Nada. No hubo manera de entrar en razones.

Lo paraban al capitán o a cualquier integrante del staff apenas los veían para recriminarle lo ocurrido. Ni el práctico chileno que dio una interesantísima conferencia  sobre cómo se maneja un barco y que obviamente no tenía responsabilidad alguna en las decisiones cuestionadas se salvó de la queja.

__No entienden que para los argentinos esa parada tiene una carga emocional muy particular…era un argumento usual.

__Yo tomé este crucero con la exclusiva intención de visitar Malvinas. De otro modo no lo hubiera tomado ni hubiera pagado lo que pagué…insistían otros.

__Se apresuró. Tendría que haberse quedado más tiempo esperando para ver si las condiciones del tiempo mejoraban. Fue en vano que el práctico chileno les dijera que luego de que nos fuimos todo empeoró, tal como lo indicaban los pronósticos.

La misma suerte que nosotros había corrido también el Norwegian Sun. Tampoco fue un argumento atendible.

En mi cabeza se instalaba la misma perplejidad con la que hace muchos años presenciaba la escena que les conté del mostrador de aquella aerolínea –hoy inexistente- en Aeroparque.

Me quedé pensando en la pertinencia de brindar algunos seminarios destinados a turistas inexpertos para fortalecer el aplomo indispensable con el que debemos enfrentar aquellas cosas que se  imponen por fuerza mayor en los viajes y cuya decepción sólo puede dar paso a una resignada aceptación y no a una reacción desquiciada.

Una de cal y otra de arena

Bueno…hasta aquí me puse un poco del lado de la naviera. Llegó el momento de equilibrar un poco la balanza, como les prometí al principio.

Como dije, el itinerario –con excepción de las Islas Malvinas– recorría puertos de países en los que se habla español.  Aproximadamente 300 de los 1300 pasajeros -algo así como un cuarto- eran hispanohablantes. Pues nadie pareciera reparar en que la gente logra comunicarse con algo que se llama lengua y que en el mundo hay otras que no son el inglés.

Para ser justos hemos de mencionar que esto no ocurre sólo en Holland América, sino en la mayoría de las navieras, al menos las que he tomado yo.

He visto a muchas gente realmente molesta por este tema. El capitán anuncia que a estribor nos acompañan delfines. Si no hablás inglés no te enterás. Pero no te enterás tampoco del nombre de los glaciares, de la historia de los barcos naufragados en el Estrecho, ni de que a tal hora hay una charla o si te invitan a una copa. Tampoco que esa noche tenés que andar con cuidado porque puede haber marejada, o que en algunas partes del canal la quilla está a sólo un metro y medio del fondo.

No sabrás tampoco ni la temperatura ni nada de nada de lo que advierten los múltiples avisos que a cada rato se difunden por los altavoces. Por parlante avisan que va a haber un simulacro. Es sólo para algunos miembros del staff. Los pasajeros deben seguir con la suya. Suena la alarma. Siete pitadas cortas seguidas de una larga. Hay que abandonar el barco. El aviso de que es un simulacro sólo lo dijeron en inglés. Si usted no sabe inglés pero aprendió que esa señal es para abandonar el barco es capaz que lo agarren justo cuando trepado a la barandilla usted ya está por tirarse al mar.

La incomodidad va creciendo. Los hispanohablantes que no hablan inglés se fastidian y juntos emprenden algo así como un amotinamiento manifestado en quejas, a veces airadas. Steven, colombiano, y el único que habla español en el front desk, no hace más que poner la mejilla. Todos se le tiran a la yugular. Paciente Steven trata de calmarlos. Gestiona una reunión con bebidas y canapés de confraternización de los hispanohablantes. Peor…todos juntos se fortalecen. Los anuncios siguen y seguirán en inglés.

Con suerte en el restaurante pueden conseguirse menúes en español. Y el diario que dejan en las cabinas cada día explicando las actividades también puede conseguirse en español. Pero no hay una sola explicación de nada. Es meramente enunciativo. Ninguna explicación de un puerto o de lo que iremos a ver al día siguiente.

Esta compañía, como la mayoría que surca los mares con pasajeros, pertenecen a empresas norteamericanas. Su principal clientela es anglófona. Y ya sabemos…los estadounidenses asumen que en todos los rincones del mundo se habla inglés. Admitamos que el inglés se acercó bastante a ese soberbio fracaso que se llamó esperanto, pero no es cierto que la mayoría hable inglés.

Acaso eso sea más o menos válido si hablamos de países como Holanda, Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia y tantos otros en los que sus habitantes difícilmente puedan entenderse en su lengua madre si salen de casa. Por fuerza mayor hablan inglés. Pero eso es menos frecuente en el mundo hispano, ya que puede uno recorrer decenas de naciones sin cambiar el switch del idioma.

Lo extraordinario de esto es que la solución es simple, está a la mano ¡y es gratis! Basta sencillamente con que alguno del staff que hable español traduzca lo que se dice antes en inglés. Y nadie espera nada extenso. Apenas un brief. Al menos decir: “hay ballenas a estribor”, aunque no repita la larga explicación de los orígenes biológicos de las ballenas o cómo se las arreglan para la cópula en medio del agua y sin brazos.

Creo que los responsables no miden hasta qué punto alguien puede pasarlo mal por este tema. Si sintieran eso en carne propia (un estadounidense difícilmente hable otro idioma que no sea el suyo) tratarían de resolverlo.

Un argumento que utilizan para retrucar este criterio es que no pueden traducir a todas las lenguas que pudiere haber en un barco, y que todos estarían con el mismo derecho. Se soluciona simplemente activando la traducción cuando los hablantes de determinado idioma superen un porcentaje mínimo del conjunto de los pasajeros. Es obvio que si soy el único hispanohablante de un barco que transporta mil pasajeros de otra lengua no puedo pretender esa atención.

Final de Rigoletto: con todo derecho díganle a los pasajeros que no podrán bajar en Malvinas, pero díganselo en español.

Fuente: Gentileza Nino Ramella
Fotos: Noticias de Cruceros

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Nino Ramella

Periodista marplatense. Viajero y pasajero frecuente en muchas navieras tales como Princess, Cunard y Holland America, entre otras. Activo defensor del patrimonio cultural argentino, promoviendo y organizando numerosas actividades en favor de la difusión del pensamiento de importantes referentes de la cultura, tales como como Victoria Ocampo y Jorge Luis Borges. Es asiduo disertante en temas relacionados con los medios de comunicación y el patrimonio cultural a nivel nacional e internacional. 

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