Agua: A Proa, Popa, Babor y Estribor

¿Qué es lo que diferencia un cruce transatlántico de cualquier otro crucero? Sin lugar a dudas, el poderoso, inapelable, omnipresente, protagonismo del mar. Se trata de una sucesión de jornadas en las que se despliegan al máximo todos los atractivos que el barco depara a sus pasajeros. Pero se suma con natural derecho propio el poder mágicamente relajante, absolutamente desestresante y poético de la inmensidad salada, sus misteriosos habitantes y el hipnótico vaivén de las olas que diluyen el tiempo…

Espuma

El hechizo sin tiempo de la inmensidad en el agua.

A bordo del Costa Fascinosa.- Dejamos atrás el puerto de Santa Cruz de Tenerife. El Costa Fascinosa emprendió el tramo más significativo de la navegación. A partir de ese momento, transcurrirían cinco días y seis noches hasta tocar tierra americana en Recife. Durante el cruce, los huéspedes del Fascinosa tendrían cuatro hermosas opciones para contemplar el mar: desde proa, popa, babor o estribor…

Al despertar a la mañana siguiente nos asomamos al balcón de nuestra casa perdón, cabina, la 7386 y admiramos cómo el sol se abría paso trabajosamente en la bruma matinal. La aparentemente infinita llanura de agua muy azul y muy salada hizo que nuestra mente retrocediera en rápido flashback a varios siglos atrás. El mar tiene eso: ayuda a pensar a lo grande, en total libertad. De pronto nos sentimos émulos del viaje de alguien con quien agrios historiadores revisionistas se han ensañado más de una vez. Si uno se llamara John Green, a nadie se le ocurriría llamarlo Juan Verde. O, de tratarse de Gioacchino Rossini (el de los canelones), nadie se atrevería a rebautizarlo Joaquín Rojitos. Pero con quien en 1492 descubrió el Nuevo Mundo todos se ensañan cruelmente...

No contentos con pretender quitarle el honor del descubrimiento (hay quienes dicen que le corresponde al vikingo Leif Erikson), los historiadores se han ensañado con el Gran Almirante, o por lo menos con su nombre, su apellido, y hasta su lugar de nacimiento.

Según se sabe positivamente, Cristoforo Colombo nació en Génova (home port de Costa Crociere), y era tan italiano como Dante Alighieri, Giuseppe Verdi o Marcello Mastroianni. En España, viendo que la leyenda urbana de que Don Cristoforo era español no había tenido eco, se contentaron con cambiarle el nombre como no sucedió ni con Green ni con Rossini, y le pusieron arbitrariamente Cristóbal Colón. Parecido, pero incorrecto. Días atrás, en nuestra escala en Barcelona, nos enteramos de que en Cataluña no se acepta que fuera genovés, ni tanto menos, español: le ‘catalanizaron’ el apellido, transformándolo en Colom, con ‘m’ final para adueñarse así de él.

Como si todo esto fuera poco, hay mucha discusión sobre la ubicación de sus restos mortales, ya que dos ciudades (Santo Domingo y Sevilla) afirman ser las depositarias: se ve que eso de descansar en paz no se le aplica mucho a quien encabezó la epopeya de la Santa María, la Pinta y la Niña.

El Cruce de la Mar Océano

Una vez que el Fascinosa dejó atrás el archipiélago de las Canarias, inició el cruce del que Cristoforo/Cristóbal solía llamar “la mar océano”. Hoy le decimos Atlántico, por lo cual el cruce es ‘transatlántico’. No es un cruce cualquiera, ya que prácticamente toca las raíces de todos los que vivimos en las américas y nos consideramos americanos (del sur, del centro, del Caribe o del norte). La gran mayoría de los actuales americanos, con excepción de los pueblos nativos, tenemos en nuestro haber abuelos, bisabuelos o antecesores que llegaron al Nuevo Mundo desde el Viejo, cruzando este ancho océano.

Quien no lo ha cruzado antes por barco emprende el viaje con cierta aprensión. Algunos temen aburrirse y no tener nada que hacer en los días de navegación. A otros les preocupa la noción de que por muchos días sólo verán agua, agua y más agua, sin vislumbrar siquiera una costa lejana. Pero una vez que comienza el cruce, todos esos desasosiegos se disipan como por arte de magia.

El Costa Fascinosa ya se ha convertido en su hogar a flote, en su espléndida isla en el mar, desde la tarde misma en que se embarcaron en Savona, Barcelona o Tenerife. Al no haber escalas, es precisamente cuando más se empieza a aprovechar del barco y de todo lo que tiene para ofrecer. De hecho, en navegación el mayor problema es hacer todo lo que hay para hacer. Todas las noches, al regresar a la cabina después de una excelente cena, todos encuentran sobre la cama la edición del ‘Diario di Bordo’ en su propio idioma, detallando todas las actividades y espectáculos previstos para el día siguiente. No hay forma de no perderse algo, porque hay un sinfín de actividades interesantes, entretenidas y atractivas, muchas veces en horarios superpuestos.

Nuevo Protagonista: El Mar

Hay algo que uno súbitamente descubre y empieza a disfrutar a pleno. De pronto se suma un nuevo protagonista a los muchos que comparten el crucero: ¡El mar!

Desde las ventanas y balcones de las cabinas, al igual que desde las varias cubiertas al aire libre y espacios públicos, se domina el mar en toda su extensión, grandeza y magia. Es un mar muy distinto al que disfrutamos en las playas, uno en el que no vemos ni un solo granito de arena. Éste es un mar para admirar, gozando de la trama que van tejiendo las olas, el encaje que parece dibujar la espuma a babor y a estribor, el remolino que forman las hélices al dibujar la estela que vamos dejando atrás, u observar fascinados cómo la esbelta proa del Fascinosa va separando las aguas como si fueran una frondosa cabellera a la que quisiera peinar con raya al medio.

Los huéspedes del crucero suelen embarcarse para vacacionar, pasarla bien, divertirse, disfrutar, bailar y relajarse, dejando atrás el stress que supone la vida en las ciudades. Hay muy pocas cosas más relajantes que sentarse cómodamente en el balcón de la cabina o en una de las reposeras en las cubiertas superiores, de pronto con una bebida o un trago, y observar esa gran planicie azul, recorriéndola hasta el horizonte con la mirada, barriéndola en todas las direcciones. Con un poco de suerte, habrá algún avistaje: unas aves con residencia fija en algún diminuto islote que no alcanzamos a percibir, unos pececitos voladores que abundan en los trópicos, que levantan cortos vuelos hasta volver a sumergirse, un grupo de delfines juguetones o, si uno realmente ‘se saca la grande’, puede tener la dicha de ver por un breve instante la cola de una ballena o un cachalote.

Pero más allá de estos casuales avistamientos hay una belleza imperdible en ese mar azul profundo, apenas encrespado por olitas con su cresta de espuma blanca. Hay que hacer la prueba: mirar el mar, dejar vagar la mente, y de pronto encontrarse totalmente descansado, relajado, revivido y regenerado. Eso también es parte del crucero, y en un barco imponente como el Fascinosa abundan excelentes puntos de observación para disfrutar de esta magnífica visión del mar.

Conforme el barco se va acercando al trópico, y más adelante al Ecuador, vamos notando un neto cambio de clima. El casi invierno europeo ha dejado el lugar a un aire cálido, espeso, algo húmedo, que parece envolvernos cuando salimos a las cubiertas exteriores desde la atmósfera acondicionada que reina en las cabinas y en los espacios de uso común. Es un aire que huele a mar, con una leve brisa que invita a disfrutar de otros espectáculos. En noches claras, mirar hacia arriba permite observar un cielo muy diáfano, especialmente en noches sin luna, todo estrellado, con constelaciones que no se pueden ver desde el otro hemisferio. Y mirando hacia los costados y hacia abajo hay momentos en que la espuma se vuelve fosforescente y toma unas sorprendentes coloraciones entre verdosas, blancuzcas y azulinas. Es entonces cuando el mar nos atrapa y pueden pasar horas en que nos embruje, sin que nos demos cuenta…

De hecho, no por nada cada mañana por los parlantes nos avisan qué hora es y en qué día de la semana estamos. En el crucero es notable lo bien que se puede sobrevivir sin echarle demasiadas miradas a un reloj y sin tener a la vista un almanaque que recuerde citas, compromisos y obligaciones…

Fuentes: Noticias de Cruceros

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Guido Minerbi

Periodista políglota especializado en viajes. Profesor Asociado en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Director de Minerbi - Silveira Comunicación Corporativa. 

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