El Huésped de la cabina 12637

De la mano de nuestro escritor de viajes, Guido Minerbi, llega esta serie que promete despojar al más experto navegante de toda su pompa, para verlo en las situaciones más íntimas a bordo. Hoy: los aromas de a bordo.

Balcón

Un atardecer en el balcón de la suite, mientras la “patrona” toma su baño

A partir de hoy, cada tanto y sin previo aviso, el huésped de la cabina 12637 -de aquí en más el “Huésped”, con la mayúscula que se merece- compartirá sus reflexiones con los fieles lectores de Noticias de Cruceros. Estas reflexiones serán ocasionales y aparecerán sólo cuando el tema lo amerite, de modo que no serán adictivas y, cuando no aparezcan, nadie experimentará el síndrome de abstinencia. El Huésped no es un pasajero. Pasajero es alguien que está “de pasada”, alguien que no tiene un compromiso con el viaje, alguien que no merece ser considerado un “viajero”. El Huésped, por el contrario, es una persona siempre abierta a nuevas experiencias, que se siente en casa dondequiera que esté y más aún si ese “dondequiera” es un barco de crucero como los que pronto empezarán a atracar en el Puerto de Santa María de los Buenos Aires.

Nuestro amigo -porque somos amigos del Huésped y de sus congéneres- regresó a la 12637 (externa y con balcón) tras horas en la pileta de popa y se preparó para darse una reparadora ducha “pre-cena”. Esa noche tenía ganas de que lo atendieran a él y a su esposa y por eso cenarían en el comedor situado en “midship” donde solícitos mozos se encargarían de todo. Tanto sol y aire les habían dado ganas de ser atendidos, de vestirse “smart casual” y huirle al, por otra parte excelente, autoservicio de la cubierta 12.  Todo un caballero, le cedió el primer turno de ducha a su señora, sabiendo bien que eso le daría una hora de tiempo, porque la ducha implica para ella el lavado, acondicionado, secado y peinado del cabello y otros detalles que consumen mucho tiempo. Con ese tiempo por delante sacó una cerveza helada del frigo-bar y se sentó en el sillón del balcón a mirar el mar y presenciar la que prometía ser una jolgoriosa puesta de sol.

De cruceros y barcos se ha escrito mucho y hasta en exceso, pero parece mentira que algunos elementos tan básicos como las hélices -o los lavasecarropas- no sean mencionados nunca. Así, nuestro amigo, el Huésped de la 12637, se encontró reflexionando sobre lo que bien podría definirse “olor a crucero”…  Sí, porque un crucero tiene un olor que es una suma de olores que, destilada y analizada por nuestro olfato, resulta en un olor único e inconfundible. Algo así como el “olor a auto 0 Km.” que sólo tiene el auto nuevo en el momento en que salimos manejando muy ufanos de la concesionaria. Claro, hoy día se pueden comprar aerosoles con fragancia a “0 Km.”, pero todos sabemos que no es lo mismo. ¡Quizá sea por eso que todavía a nadie se le ha ocurrido enlatar “olor a crucero”!

Nuestro amigo pensó que un crucero es muy parecido a la ciudad de New York, que tiene la fama de ser “la ciudad que nunca duerme”. Un crucero es igual: nunca duerme y siempre hay tripulantes haciendo algo. Y ese “algo” tiene también su olor inconfundible. Desde la madrugada, en cercanía de ductos de ventilación y determinadas áreas, se respira un olor a pan recién horneado que a uno se le hace agua la boca. Un rato después, otras áreas ya comienzan a emanar aroma de café, de tocino a la plancha, de papas saltadas y de “Danish”, primo lejano y anglosajón de nuestras facturas de panadería. Y donde hay “Danish”, nunca falta la canela: mucha canela y hay enteros sectores del barco que nos recuerdan un “strudel”.

Factura

La factura de a bordo, si bien no es igual a la acostumbrada en casa, perfuma igualmente las cubiertas próximas al buffet.

En todo el barco hay aire acondicionado, y que no nos vengan a decir que el aire es incoloro e inodoro. No, el aire acondicionado tiene su olor peculiar, quizás a ozono, quizás a otra cosa. Pero el hecho es que el aire acondicionado central tiene su olor específico, que contribuye a crear una atmósfera interior, bien diferenciada de la que rodea la nave. Ni que hablar de la mezcla de perfumes a comida casi enseguida después de terminado el desayuno y al rato de terminar el té, a media tarde. Pasando cerca de uno de los tantos bares, nos envuelve el perfume de incontables “drinks” sabiamente preparados por los expertos “barmen” o de los cafés express de los “baristi”, siempre muy requeridos. Abriendo cualquiera de las puertas que dan a las cubiertas exteriores se percibe casi a toda hora olor a pintura o barniz. Siempre hay un ejército de pintores pintando paneles, escaleras exteriores y obra muerta, y tantos otros lijando y barnizando pasamanos y barandas. En determinadas cubiertas “altas”, al pasar cerca de ruidosos ductos de ventilación se percibe otro olor, muy propio de un barco. Es un olor agradable que nos trae un aire caliente que viene de abajo, muy abajo, del corazón mismo del barco. El Huésped no sabe bien cómo definirlo, pero se conforma con definirlo “olor a metal y a máquina”. Es un olor que sugiere una infinidad de “caballos” de potencia y que inspira mucha seguridad. En cercanía de las piscinas, alimentadas con agua de mar, se percibe un vago olor a cloro, ya que siempre se garantiza su asepsia. Casi siempre cerca de las piscinas, viene a nuestro encuentro un inconfundible aroma a pizza, hamburguesas y cerveza.

El casino, por su parte, tiene un extraño olor a “luces de colores y circuitos electrónicos” que emiten decenas de máquinas tragamonedas y sus congéneres. El gran teatro situado a proa, durante las funciones vespertinas combina todos los perfumes que se venden en el Duty Free de abordo. Del Chanel Nº 5, al J’adore, a los Kenzo y Giorgio Armani pasando por todo el alfabeto perfumístico, se produce un aroma inconfundible de gente linda recién duchada. Se podría seguir por horas, pasando por los productos de limpieza, ceras, shampoo para alfombras y el olor a chalecos salvavidas y cuerdas. En todo barco que se precie hay muchas cuerdas, y las cuerdas tienen su olor personalísimo.  Pero hay un olor que se mezcla y amalgama con todos los otros, potenciándolos y dándoles ese “no se qué” inconfundible: el olor del agua. En realidad, pensó el Huésped preguntándose cuánto debería esperar todavía antes de poder ducharse… hay dos olores de agua. Uno es el olor típico del agua que conocemos que se percibe sólo cuando el barco navega o está amarrado en aguas del Río de la Plata. Es un olor arcilloso, barroso a veces, dulzón siempre. Y luego está el olor a mar, salino y vigorizante que impregna cada remoto rincón del barco y logra una perfecta simbiosis con todos los demás, incluyendo el de la boisserie, de los mármoles, de los cristales, de las hectáreas de alfombras.

El sol se estaba poniendo dando una coloración espectacular a unas nubecitas allá a lo lejos. Su esposa salió de la ducha lista para maquillarse y, mientras empezaba a ducharse, el Huésped de la 12637 hizo un descubrimiento que compartió luego con otros que ocupaban la mesa de ocho. Esa sensación de volver a “casa” y sentirse contenido, protegido y mimado que se tiene al volver a entrar al barco tras pasar el día en tierra en una de las escalas, tiene mucho que ver con lo olfativo. Nada como el “olor a barco” para sentirse a sus anchas, como en casa… Todos estuvieron de acuerdo con él y expresaron admiración por su aguda reflexión. Los únicos que no se pronunciaron fueron los integrantes de una simpática pareja de chinos, muy sonrientes, que aparentemente sólo entendían -y hablaban- mandarín, o quizás sería cantonés…

Fuente: Noticias de Cruceros

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Guido Minerbi

Periodista políglota especializado en viajes. Profesor Asociado en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Director de Minerbi - Silveira Comunicación Corporativa.