Del Carnaval a los reyes

Un paseo fuera de lo común en Río y una escala a vuelo de pájaro en Angra marcaron la despedida del Costa Favolosa de las escalas brasileñas.

Rio de janeiro

Escultor callejero en Copacabana

Cuatro días después de haber zarpado de Buenos Aires, bien temprano a la mañana, el Costa Favolosa ingresó a la Bahía de Guanabara. Sin ninguna duda, es una de las más espectaculares bahías del mundo. Por la hora temprana el Pan de Azúcar, el Corcovado y el Cristo estaban envueltos en una fina bruma que  sumó un toque de magia y misterio para los pasajeros “tempraneros” que no se querían perder ningún aspecto de la “Cidade Maravilhosa”. Atracamos en un largo muelle donde nos habían precedido cuatro cruceros, dos de tamaño mediano y  otros de un tonelaje comparable con el nuestro. La vista de tantos barcos juntos motivó un coro de “clicks” de cientos de cámaras y celulares. Es notable que quien viaja en un crucero siente un nuevo interés por los barcos, tanto de crucero como de carga. Muchos descubren por primera vez la existencia de los remolcadores, de los barcos de pesca, las lanchas del piloto y del práctico. Para muchos es la primera toma de contacto con un mundo maravilloso en el cual van penetrando cada día más, un mundo en que los grandes ríos, mares y océanos se pueden comparar con las venas y las arterias y los barcos con los glóbulos rojos que oxigenan el mundo y le dan vida.

Un eficiente servicio gratuito de vans nos trasladó rápidamente a la terminal de cruceros situada en cercanías de la Plaza (Praça) Barao de Mauá. Ahí se nos planteó un dilema, en vista de que habíamos llegado el lunes de Carnaval. Conocíamos bien Rio de otros viajes, pero nunca habíamos estado allí en Carnaval. No habíamos contratado en el barco uno de los tantos espléndidos tours que se ofrecían ya que, más que conocer, queríamos volver a disfrutar de sitios que ya nos resultaban familiares. Uno, la maravillosa Confeitaria Colombo, algo así como el “Tortoni” de Rio, imperdible para quienes aprecian sublimes masitas y tortas en un ámbito clásico que hace de la “Colombo” una de las grandes confiterías históricas del mundo. Nos quedaríamos con las ganas: siendo Carnaval, permanecería cerrada. Y cerradas -al tránsito- estaban muchas calles y avenidas de la zona portuaria y las cercanas al Sambódromo. En viejos galpones próximos al puerto se concentrarían las escolas de samba que se exhibirían cerca de allí horas después.

Subimos a un taxi y -mientras nos abríamos camino en el intenso tránsito hacia el centro- tuvimos la oportunidad de ver algunas de las carrozas alegóricas que desfilarían esa noche. Llegamos finalmente a nuestra meta: ¡Copacabana! Disfrutar de la playa con miles de alegres cariocas, muchos vistiendo máscaras y disfraces, y sentarnos luego en un restaurante típico en la Avenida Atlántica para tomar unas excelentes cervezas acompañadas por “aipim” (mandioca) frito, fue lo más. No pudimos dejar de notar cómo un inspirado artista callejero (o mejor, playero), en lugar de hacer castillos de arena o los tradicionales volcanes, había “esculpido” una llamativa escena de gran erotismo, con arena y un par de bikinis “mínimas”. En la misma se apreciaban unas atractivas “garotas” que nos hicieron recordar a su “prima”, la garota de Ipanema y a su creador, el gran Vinicius. Se hizo la hora de regresar al barco y regateamos en perfecto portunhol con otro taxista para que nos devolviera al puerto. Subimos al Costa Favolosa con todo el tiempo de darnos una larga ducha -había hecho mucho calor todo el día- y para aprovechar de una experiencia que había despertado nuestra curiosidad. No veríamos el desfile en el Sambódromo, pero lo disfrutaríamos desde el confort de nuestra propia cabina, en la pantalla plana de plasma a través de una transmisión satelital… Sin embargo, a poco de comenzar la transmisión, salimos a cubierta para gozar en vivo y en directo del espectáculo de pirotecnia que precedía el desfile con fuegos artificiales con los colores de la primera escola. Así, la misma bahía de Guanabara que habíamos visto en la bruma matutina, volvió a impactarnos reflejando los colores del espectáculo pirotécnico. El Costa Favolosa se fue alejando de la ciudad que se aprestaba a seguir celebrando “su” mundialmente famoso Carnaval.

El “Centro di benessere”

El “Centro de Bienestar” (el Spa Samsara), es una exclusividad que puede disfrutarse a bordo de todos los cruceros de Costa. Situado en el Puente 11, este Spa -que deriva su nombre de un concepto hindú que aúna cultura y relajación- es regenteado por una simpática y dinámica portuguesa nacida en Lisboa -María Chanino- quien ya lleva 12 años trabajando con Costa. María, con quien de inmediato se estableció una corriente de entendimiento y simpatía, nos ofreció un exhaustivo “tour” de las instalaciones que nos impresionaron por sus detalles de  profundo refinamiento que contrasta con el dinamismo y la funcionalidad de otros ámbitos del Costa Favolosa. Los perfumes de los productos naturales que se emplean allí, una atmósfera vaporosa, un diseño y colores orientados al relax se suman a una música de netas tonalidades y ritmos orientales. En este clima tan especial, el profesionalismo de un “staff” compuesto principalmente por filipinas logra devolver tonicidad a los músculos, aliviar contracturas y brindar una serie de tratamientos que logran que quien sale de allí se sienta “como nuevo”. El staff que depende de María Chanino incluye también a una joven argentina, recientemente incorporada al equipo, quien como todas las demás fue capacitada en Londres. Quisimos experimentar en carne propia el efecto de un tratamiento relajante que nuestras contracturas ciudadanas reclamaban. Cuando salimos del Spa -ya cerca de la hora de la cena- nos sentimos totalmente energizados y renovados, listos para emprender la difícil tarea de seleccionar los platos entre las varias opciones que nos ofrecía el menú. Mientras cenábamos, comparamos nuestras impresiones y coincidimos en que nuestro breve paso por el “Centro di Benessere” había sido el verdadero broche de oro para la relajación que había comenzado a operar en nosotros el barco y que ahora se había redondeado en el Spa Sansara, donde nos prometimos regresar antes de retornar a Buenos Aires.

Madrugón con los Reyes

Tenemos que admitirlo. Además del hecho de que en barco se duerme mucho mejor que en tierra -como en una enorme cuna- debe haber algo psicológico que diferencia el madrugar para ir a la oficina, al colegio o la universidad, y dejar las sábanas para ver la salida del sol en el horizonte y aprovechar un excelente desayuno. Luego, apresurarse a bajar nueve “pisos” hasta el Puente Kyoto, el puente cero, y embarcarse en uno de los “tender”, las lanchas de salvamento que sirven de ferry-boat entre el Costa Favolosa, anclado frente al puerto, y el puerto mismo. En este caso, el primer “tender” de la mañana nos llevó en unos diez minutos hacia el muelle “Santa Luzia” en pleno centro de Angra dos Reis, nuestra nueva escala. Angra suma 365 islas de diferente tamaño y cuenta con alrededor de 2.000 playas (no sobra un cero: ¡no son doscientas, son dos mil!). Obviamente, con el tiempo que permite la escala, un tour completo de la Isla Grande tendría que ser demasiado presuroso. Por eso que muchos de los huéspedes del Costa Favolosa optaron por bajarse de un barco muy grande para subirse en otro notablemente más pequeño, una goleta. A bordo de ésta, desde la misma Estación de Santa Luzia llegaron hasta la entrañable Isla de Cataguases. Allí desembarcaron directamente en el agua para disfrutar de una de las tantas playas de arenas muy blancas. Tras una breve escala, la goleta los llevó a la Isla de Gipoia donde no sólo hay un muelle, sino también unos atractivos barcitos. De vuelta en Santa Luzia, quienes aman la fotografía no pudieron renunciar a un breve paseo para fotografiar y visitar dos hermosas iglesias coloniales y un convento, ubicados en pleno centro. Se trata de la Iglesia Matriz de Nossa Senhora da Conceiçao, la Iglesia de Santa Luzia y el Convento do Carmo. A unos 500 metros de éste se llega hasta otra pequeña playita vigilada por tres gigantescas estatuas de quienes no pueden no ser los tres reyes que festejan su día cada 6 de enero. Esos Reis (reyes) son los que dan su nombre a Angra. Regresamos al barco, y fue notable verlo allí desde nuestro “tender”, recortado en un marco de islas e islotes, blanco en un mar verdoso, enorme,  coronado por su clásica chimenea amarillo cromo con la gran “C” azul. Regresamos al Costa Favolosa en el mejor momento del día: faltaban apenas unos minutos para que abriera sus puertas “nuestro” restaurante, el Duca d’Orleans.

Fuente: Noticias de Cruceros

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Guido Minerbi

Periodista políglota especializado en viajes. Profesor Asociado en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Director de Minerbi - Silveira Comunicación Corporativa. 

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