“E la nave va”

Un nuevo “On Board” nos encuentra arriba del Costa Favolosa y un nuevo punto de vista es inaugurado por Guido Minerbi, nuestro hombre a bordo de la nave.

Costa Favolosa parte de Buenos Aires

El Costa Favolosa parte de Buenos Aires

El remise nos depositó en la terminal Quinquela Martín para embarcar a las 13:00 en el Costa Favolosa que nos llevaría a Angra dos Reis, Rio de Janeiro, Ilhabela, Punta del Este y de vuelta a la Reina del Plata. Un gran barco despierta una inmediata curiosidad y una inmensa expectativa: uno no quiere perderse ni un minuto a bordo. Por eso, si bien el Costa Favolosa zarparía a las 20:00 y el embarque sería posible hasta las 18:00, no quisimos retrasarnos y sí aprovechar del que sería nuestra casa flotante por ocho días. La estación marítima ya estaba bastante llena porque otros tres cruceros saldrían del puerto más o menos a la misma hora. Los trámites fueron por demás sencillos y ya al bajar del remise pudimos desentendernos del equipaje que nos precedería en nuestra cabina. Todo estaba perfectamente organizado y nos tocó el número 13 para acceder al control de pasajes. En menos de diez minutos ya estábamos en el mostrador listos para presentar toda la documentación. Los trámites de migraciones fueron rápidos, si bien había mucha gente ya a esa hora tan temprana. Quisimos pasar por la Aduana para declarar la computadora y las cámaras pero, para nuestra sorpresa, nos informaron que no sería necesario hacerlo porque no habría control aduanero al regresar a Buenos Aires. Un breve recorrido en ómnibus -sorteando un verdadero murallón de contenedores de todos los colores- y llegamos a una de las planchadas para acceder al barco. Con sólo ver la impactante chimenea amarilla con la enorme “C” azul nos sentimos en casa. Era esa misma chimenea que habíamos visto desde chicos en el puerto en tantos barcos de Costa, la histórica “Línea C”, como el viejo Anna C y luego el Andrea C, el Federico C y el estilizado Eugenio C que, si no recordamos mal, en 1986 cumplió la última travesía “de línea” uniendo Buenos Aires con Génova.

El momento mismo en que pisamos la alfombra con un diseño de rombos de uno de los puentes inferiores tuvimos en claro de que algo estaba cambiando. Estábamos penetrando en un ámbito que, a partir de ese momento, sería el nuestro. Se trataba de un ámbito grande – ¡muy grande! En el Costa Favolosa hay un total de 22 ascensores para los huéspedes y 9 más para los tripulantes. Por el trato que recibimos desde el primer momento nos quedó muy claro por qué la empresa no habla de “pasajeros” sino de “huéspedes”: en avión, pocas horas, uno “pasa” y se va. En un crucero, uno permanece a bordo varios días y se hospeda en un gran hotel, que además de las consabidas tantas estrellas, ofrece toda suerte de servicios y un “plus” importantísimo: el mar ahí nomás para ser visto y vivido de una forma que jamás permitiría aun la mejor de las playas. La magnitud de este gigante no se mide sólo en términos de ascensores. Hay otros datos que permiten ponerlo en perspectiva y compararlo con lo que nos es más habitual. Por ejemplo, el Costa Favolosa mide 290 metros de largo, o sea que por apenas 10 metros no llega a las tres cuadras. Es decir que, colocando el barco en el centro de Buenos Aires, de proa a popa ¡podríamos ir caminando en cubierta desde la Avenida Corrientes, cruzar Lavalle, cruzar Tucumán y llegar prácticamente hasta Viamonte! El tonelaje tampoco deja de sorprender: se trata de 114.500 toneladas con una capacidad para 3.800 huéspedes y 1.110 tripulantes para atenderlos. Hay un total de 1.508 cabinas y suites, de las cuales 594 cuentan con balcón privado. De las 70 suites con terraza y jacuzzi, 6 están conectadas directamente con el Spa Samsara de 6.000 metros cuadrados, al cual también acceden 91 cabinas. Eso, sin mencionar un teatro de tres pisos que nos recuerda los tiempos de “platea, pullman y super-pullman”. El Costa Favolosa cuenta con 4 piletas de natación, una de las cuales puede techarse para hacer frente a las inclemencias del tiempo y una más reservada para los niños. El número 5 es significativo: hay cinco grandes jacuzzis y también 5 restaurantes. También hay 13 bares, un cine en 4D, un espacioso Casino y una espléndida discoteca.

Nos faltó decir que a los 290 metros de largo (eslora, dicen los que saben…) se suman 35,5 de ancho (manga, dicen los lobos de mar…). En esta enorme superficie que se reparte entre 12 puentes, una vez instalados en nuestra cabina con nuestro equipaje salimos a recorrer y descubrir, literalmente perdiéndonos más de una vez y de pronto caminando “hacia proa” y terminando en popa. Ese “perderse” es muy positivo y forma parte de la aventura que íbamos a emprender. Perderse es ubicarse, tomar conciencia de las distancias y ámbitos y conocer la nueva “casa” flotante. Esa noche, a la hora de cenar, ubicamos nuestro restaurante -Duca d’Orleans- sin problema ninguno y luego el Teatro Hortensia donde gozamos de un espectáculo memorable -“El Castillo Encantado”- a cargo de una “troupe” de excelentes bailarines y cantantes. Antes de zarpar para un crucero que iría sumando experiencias y placeres, hubo que cumplir con una obligación a la cual nadie se sustrajo, sino que contó con la obediente participación de todos. Para los huéspedes y la tripulación la seguridad es fundamental. Hubo un “drill” (ejercitación) de cómo actuar en caso de emergencia, de dónde y cómo reunirse en los “muster points” (puntos de reunión) y de cómo colocarse el chaleco salvavidas y, de ser necesario, ascender a las muy equipadas lanchas de salvamento. La seguridad es una constante preocupación: por eso, las instrucciones fueron impartidas no sólo en italiano, sino en inglés, castellano, portugués, francés y alemán mientras la totalidad de los pasajeros, hasta aquellos que se desplazan en una silla de ruedas, atendieron las instrucciones en silencio y a su término felicitaron a los instructores con un fuerte y sincero aplauso. Volvimos a nuestro camarote, el 7355, para arreglarnos para la cena y salimos a cubierta para ver cómo iba cayendo el sol y se empezaban a encender las luces de Buenos Aires. Estábamos en esa apacible contemplación cuando pocos minutos después de las 20:00 sonó con su inconfundible bramido la sirena del Costa Favolosa. Minutos después, el muelle pareció ponerse en marcha y la ciudad empezó a desfilar frente a nuestros ojos, acompañada por el “click” de miles de objetivos. Puerto Madero se fue perdiendo en la distancia y emprendimos a velocidad reducida nuestra marcha hacia el Pontón Recalada: pasaríamos frente a Montevideo en las primeras horas de la mañana, tras una noche de plácido sueño, de ese sueño que sólo se logra conciliar a bordo de un gran barco.

Más fotos del Costa Favolosa en nuestro FACEBOOK

Fuente: Noticias de Cruceros

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Guido Minerbi

Periodista políglota especializado en viajes. Profesor Asociado en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Director de Minerbi - Silveira Comunicación Corporativa. 

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